sábado, 4 de junio de 2011

Mineros de Aldea Moret.

En el Boletim de la Sección de Minas de la APPI/SEDPGYM. (http://www.fisdpgym.upc.edu/5%20Geomin%20Enero.pdf) se publicó este pequeño reportaje sobre los mineros de Aldea Moret, basado en una noticia del diario HOY, de 1 de diciembre de 2008:

El IV Festival Flamenco homenajea hoy a tres trabajadores de las minas de Aldea Moret, que recibirán tributo a partir de las 20 horas en el Gran Teatro (Cáceres).

No hay romanticismo que valga. El retrato de Antonio Molina de ése que templaba su corazón con pico y barrena no se sostiene. Es media mañana en el bar 'El Paso' de Aldea Moret, el viento silba y el frío polar de esta semana incita al café caliente. Rafael Arnela, uno de los tres mineros que serán homenajeados mañana en el Gran Teatro atraviesa la puerta y se topa con un antiguo compañero de la mina. Y así, comienza una andanada de recuerdos amargos de la que fue, durante años, una especie de fosa que se tragó la salud y la dignidad de cientos de trabajadores de Cáceres.

Rafael Arnela, junto a lo que en tiempos fue la boca de la mina La Abundancia. Foto © L. C.
En su relato se mezclan sueldos míseros, trabajo duro y bajo un régimen casi de explotación y la enfermedad, la silicosis que se llevó a muchos por delante, como telón de fondo. La ristra de desgracias parece interminable en boca de estos dos hombres. El IV festival de las Minas de Aldea Moret vuelve a rendir tributo a los trabajadores de la mina de fosfato, y la ocasión sirve para recordar cómo vivieron.
Rafael Arnela contempla el Centro de Interpretación de la Minería, antigua boca de la Mina de la Abundancia, sin ninguna emoción. En 1946, con 16 años, llegó a la mina. Rechazó el empleo de barrenero y pasó cinco años bajando al subsuelo, desempeñando distintas funciones. Su lugar de trabajo estaba a 130 metros. Luego pasó a trabajar en la fábrica de abonos de la misma empresa. En total, 22 años de su vida laboral. «Estábamos como esclavos, yo no tengo ningún recuerdo bueno». La única fiesta que se permitían era la celebración de la festividad de Santa Bárbara, que se procesionaba por la aldea y que llevaban hasta la mina, ascensor abajo.
El sueldo era de miseria. «Entré ganando 8,25 pesetas al día, un sueldo mensual de doscientas y pico pesetas». Y relativamente contento, porque su paso por la mina fue breve y su salud no se resintió, una suerte que no corrieron muchos los que trabajaron en esta infraestructura industrial que surgió en el año 1864 con el descubrimiento de la mina de fosfato por Lorenzo el 'Fraile'. El hallazgo generó un gran núcleo industrial que comprendía más de 50 instalaciones con minas, fábricas, laboratorios, conexiones ferroviarias, colegio, iglesias y viviendas.
Rafael Arnela vive desde hace años en Hernán Cortés y rara vez acude a Aldea Moret. Lo del homenaje le gusta, es una forma de recordar a los cientos de trabajadores que vivieron de la mina. Irá acompañado de su familia, cuatro hijos a los que mantuvo durante esas dos largas décadas de duro trabajo.

Otra historia

Manuel Teomiro Barroso, conocido como señor Ferrer, pasa la mañana sentado en una butaca y al calorcito que desprende un brasero eléctrico bajo las faldas de una mesa camilla. 
En la pared, un diploma que la Empresa Española de Explosivos le concedió cuando llevaba 30 años trabajando premia la fidelidad de este hombre resistente de 88 años que entregó 40 a la mina. Su hijo comenta algunos achaques del padre, al que la mina dejó maltrechos los bronquios. También es firme en su apreciación sobre lo que fue su vida laboral. Pocas cosas buenas, por no decir ninguna. El señor Ferrer trabajaba de 'bombero'. Estaba dentro del grupo de los mecánicos y reparaba las bombas que los mineros utilizaban en caso de incendio. Corría, pues, el mismo riesgo que los que horadaban la tierra, y descendía los 185 metros de la mina. Con un viso de amargura agradece el homenaje del Festival de las Minas de Aldea Moret pero dice que, hasta ahora, nadie lo ha hecho.

Hay un tercer minero, Nino Vega, que también será homenajeado en el Gran Teatro de Cáceres.

El festival ofrece un ramillete de actuaciones para premiar a estos tres trabajadores, que van engrosando ya una considerable lista de homenajeados desde que se creó este festival, que reivindica el pasado de este barrio. Lo que no hizo la empresa, de lo que todos guardan mal recuerdo, lo hace ahora una cita cultural que va tomando cuerpo.

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